22 de diciembre de 2013

Chacho Peñaloza: el caudillo de los pueblos

“Seré el primero en sacrificarme y rendir hasta el último aliento de mi vida en aras de la Patria”.
Ángel Vicente “Chacho” Peñaloza

A mitad del siglo XIX, luego de la guerra por la independencia en Sudamérica, se buscó continuar la construcción de la liberación de esta parte del mundo frente a los que buscaban continuar con un sistema de dominación contra los pueblos. La idea del federalismo se emparentaba con el de independencia de nuestros Libertadores que tenían en común el romper el viejo orden generando nuevas expectativas. En el noroeste argentino existen largas trayectorias de luchas contra la colonización europea en los siglos XVI, XVII y XVIII. Nombres como el cacique Juan Calchaquí, quién se levanta con el español en 1561, y el Tigre de los Andes Juan Chalimín, que lideró una insurrección indígena en 1630, son apenas señales de esta resistencia de los pueblos indígenas. Y en esta región miles de campesinos criollos y descendientes de indígenas se levantaron en grito con sus humildes lanzas y espadas gastadas para defender la Patria en el siglo XIX. Y a mitad de este siglo surge la figura del caudillo nacido en 1798 en la localidad riojana de Guaja llamado Ángel Vicente Peñaloza, más conocido como el Chacho.

Su figura trasciende a mitad del siglo XIX cuando se alza contra Bartolomé Mitre quién, en una carta a Sarmiento del 30 de marzo de 1863, quería “hacer en La Rioja una guerra de policía…Declarando ladrones a los montoneros sin hacerles el honor de considerarlos como partidarios políticos ni elevar sus depredaciones al rango de reacciones, lo que hay que hacer es muy sencillo”. Cabe destacar que Chacho Peñaloza había dirigido una insurrección popular en las provincias del noroeste. ¿Pero quién era Chacho Peñaloza?


Nacido en 1798 en Guaja, hijo de don Esteban y Úrsula Riveros, un tío abuelo sacerdote lo educó y le puso el conocido apodo “Chacho”. Era también sobrino del Comandante militar de los Llanos Fulgencio Peñaloza, quién había colaborado en la organización de la importante toma de la ciudad de Copiapó en 1817, en apoyo a la campaña libertadora emprendida por el general don José de San Martín. El tío fue reemplazado en enero de 1818 por el caudillo Facundo Quiroga en 1818. Chacho Peñaloza fue capitán de milicias en su pueblo natal y soldado de Quiroga en su lucha contra la Liga Unitaria del general “Manco” Paz.

La provincia de La Rioja a comienzo de la década de 1820 sufría las consecuencias de la guerra civil que, en materia económica, cortó los tradicionales circuitos comerciales con los mercados chilenos y altoperuano que en la época colonial tuvo su esplendor. Esta situación generó una crisis económica persistente que perduró durante varias décadas.

El 16 de febrero de 1835 Facundo Quiroga es asesinado en Barranca Yaco y el Chacho denuncia que “se asesinó cobardemente al hombre más valiente y más patriota de la república”. No dejará de pensar en este vil asesinato y tiene una fuerte sospecha que apuntaba directamente al gobernador de la provincia de Buenos Aires, Juan Manuel de Rosas.

En 1840, siendo comandante de milicias de La Rioja, Chacho acompañó al gobernador Tomás Brizuela en el levantamiento contra el bonaerense Juan Manuel de Rosas por el malestar ocasionado por la crisis económica, los gastos de las guerras y el creciente centralismo porteño que con su aduana ahogaba todo mercado para los productos agrícolas y artesanales del interior. Pero esta insurrección fue derrotada y Peñaloza tuvo que exiliarse en Chile volviendo en varias oportunidades para combatir por su provincia y los pueblos de la región.

Después de las batallas de Caseros y de Pavón, que configuró el mapa político del país de diferentes maneras, Peñaloza se alza contra los ejércitos de Bartolomé Mitre quién pretendía someter a las provincias de la Confederación bajo el poder socioeconómico de Buenos Aires. El Chacho, secundado por Felipe Varela y otros caudillos de la región, lidera las filas de gauchos lanceros y mestizos guerreros que azotan a las tropas porteñas. Esta contienda militar duró hasta el pacto de La Banderita del año 1862 en donde Chacho Peñaloza entrega los oficiales porteños presos pero al reclamar por los suyos se encontró en que fueron fusilados sin más por los “civilizados”. Sin embargo evidentemente la paz duró poco.

Un año después el caudillo vuelve a lanzar la lucha con la esperanza de que el entrerriano Urquiza apoyara con hombres y armamentos, levantando un gran ejército federal. Pero el caudillo del litoral prefirió mantener sus acuerdos con Mitre, permitiendo la consolidación de un Estado nacional bajo la hegemonía de los liberales porteños. Peñaloza buscó fervientemente la unidad de los pueblos del interior en pos de la bandera federalista, independiente y soberana tal como lo escribe en su proclama: “al abrir esta campaña no olvidéis que vais en busca de hermanos, que el suelo que todo que vais a pisar es argentino, y que el pendón de la nacionalidad no lleva el lema de la sangre y exterminio (…) lleváis la enseña de la ley del venerado código de Mayo, ante cuya divinidad haréis postrar a esos hijos perjuros que olvidando sus deberes fueron a servir de instrumento ciego de las miras de sus propios enemigos. Nuestros nobles escuerzos no serán aislados. Todas las demás provincias responderán a nuestro llamamiento, y con un movimiento simultáneo harán desaparecer a sus opresores”.

En todas las batallas Peñaloza fue acompañado por su amada esposa Victoria Romero, un personaje olvidado por la historiografía. Hija de una familia de hacendados de buena posición del poblado de Tama, cerca de los llanos riojanos. Contrae matrimonio con Ángel Vicente Peñaloza un 10 de julio de 1822 y tuvieron dos hijas que fallecieron a muy corta edad. Ella no era como las mujeres de su época, sabía cabalgar como los mejores gauchos de La Rioja y tenía destreza que levantaba admiración por su apasionamiento y audacia frente al peligro. Participó en numerosas batallas y marchas junto al caudillo de Guaja e incluso le salvaría la vida. Los gauchos la llamaban “la Chacha”.

En noviembre de 1863 el caudillo federal es sorprendido en la ciudad riojana de Olta y se rinde pacíficamente ante los porteños. Chacho fue lanceado, fusilado, mutilado y degollado por sus carceleros. Como en la época de la colonia, el terror se aplicó exhibiendo su cabeza en una pica sobre la plaza principal del pueblo para escarmiento de los paisanos. Su esposa fue engrillada y conducida a la provincia de San Juan, donde el gobernador Domingo Faustino Sarmiento. Allí es sometida a trabajo forzoso por orden del mandatario provincial, viéndosela junto a otros hombres limpiando la plaza pública engrillada y con guardias cerca.

El cruel final del Chacho Peñaloza fue elogiado por el “civilizado” Sarmiento en su libro “El Chacho, el último caudillo de la montonera de los Llanos”, con la misma pluma que escribió a Mitre el 20 de septiembre de 1861: “No trate de economizar sangre de gauchos. Este es un abono que es preciso hacer útil al país. La sangre es lo único que tienen de seres humanos”. La polémica literaria se instala cuando el autor del Martín Fierro, José Hernández publica artículos en El Argentino de Paraná denunciando los horrores cometidos contra Chacho Peñaloza y su gente. Dichos artículos fueron recopilados en un folleto titulado Vida del Chacho. Hernández escribió “los salvajes unitarios están de fiesta. Celebran en estos momentos la muerte de uno de los caudillos más prestigiosos, más generosos y valientes que ha tenido la República Argentina”.

La figura del caudillo popular Chacho Peñaloza posteriormente es revalorizada por Felipe Varela y todos los pueblos que lucharon por su propia libertad y la Unión Sudamericana, bandera que pretendieron descalificar como “bárbaro” aquellos que buscaron tanto en Europa como en los propios Estados Unidos el modelo “civilizado” para garantizar el desarrollo de un sistema mundial mercantilista en donde unas pocas metrópolis viven a expensa de miles de pueblos en el mundo.

Los ojos de Peñaloza aún viven en la cultura popular como lo dicen las diferentes coplas y versos. Entre ellas están aquellas palabras que cantara el músico popular Jorge Cafrune:
“Y para que haya, señores,/de todo, como en botica,/a la cabeza del Chacho,/la exponen en una pica./¡Lindo es salirle a la muerte/en cualesquier entrevero!/¡Pero otra cosa, es que a un hombre,/lo maten como cordero!/¡Ya se acabó Peñaloza!/¡Ya lo pudieron matar!/Tengan cuidado, señores,/¡no vaya a resucitar!” (“La muerte del Chacho”).

 Roberto Deibe
Centro Cultural de la Cooperación 
“Floreal Gorini”

Publicado en la revista "Convergencia. Por un Judaísmo Humanista y Pluralista", año 14 - Nº 52, Buenos Aires, Octubre - Diciembre 2013. 

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